Soy de la opinión de que la personalidad de la gente no se crea de la nada ni de la casualidad, suele venir a través de experiencias, algunas insignificantes que pueden hacer que te guste para siempre una comida u otras más importantes que te redimensionan tu concepto de la vida y te transforman en alguien distinto.
Uno de esos cambios fue una lejana primavera de los años 90, invitado a la casa de mi hermano para poder estrenar su telescopio, sucedió cuando me agaché despacio y mire por el objetivo y allí estaba, tal como siempre había visto en las fotografías, Saturno, el primer planeta que vi con mis propios ojos, imponente detrás de los aumentos de aquel artilugio que no ha cambiado tanto desde que fue perfeccionado por Galileo, se le distinguían perfectamente los anillos, era él, silencioso, sin ningún rubor por ser indiscretamente observado.Desde entonces hay noches que miro su luz sin ningún tipo de artificio evocando aquel momento, un punto insignificante entre las estrellas de su alrededor, le gusta pasar desapercibido, no ser tan escandaloso a su paso como su primo Jupiter, no tiene un brillo especial que le delate, es un punto más en la noche, esa personalidad me gusta y la adopto para mí.
Hay personas que son como Saturno, no son escandalosos ni tienen un brillo especial, pero cuando los conoces (o en el caso del astro, lo ves por el telescopio) descubres su verdadera belleza y su interés, esa es la gente que merece la pena, la que necesitas algo más que una simple mirada para descubrir todo su esplendor, al igual que para distinguir a Saturno hay que estar atento al cielo, es bueno estar atento al suelo para encontrar a esa “gente-saturno” de la Tierra, para que no se te pase de largo el proximo que pasé a tu lado.
Recuerda, muchas veces, nada es lo que parece ser.